SALIR DEL LABERINTO POR ARRIBA

Por Marcos Domínguez

Por un lado, en una jugada de ajedrez que solo el mejor Alberto Samid (vs Kasparov) podría haber diseñado, Cristina Fernández de Kirchner allana el camino (nunca garantizado) para una victoria en primera vuelta de la fórmula Fernández – Fernandez. Por el otro, con esta decisión , CFK ofrece un vector para rescatar parte del electorado huérfano por la caída libre de Macri, caída que se evidencia, fundamentalmente, por descuidar (y hasta agredir sádicamente, económicamente hablando), a buena parte de su base de sustentación, la menos “intensa”.

Es que una fuerza política con vocación de gobernabilidad (pero sobre todo de gobierno) debe representar más que una base de adherentes “intensos/as”.

Seguramente hay mucho de esta jugada que no estamos viendo, pero…la reacción instantánea de Sergio Massa parece justificarla desde temprano. Lo cierto es que si todos los polítizados, y expertos en elucubraciones electorales que nunca son acertadas nos sentimos un poco sorprendidos/as e igual ya experimentamos esa sana sensación de que todos/as vamos a votar a un mismo candidato, ya tenemos, sólo en eso, un buen signo electoral: la salida de la endogamia.

La amplitud y generosidad historica de la ex presidenta queda evidenciada en la elección de un comunicador político pragmático, ex jefe de gabinete y armador, no aferrado (en la actualidad mucho menos) a la polarización política que impide salir de la situación de los 3 tercios, cuando se requiere, justamente, ganar en primera vuelta. La unidad nunca es “hasta que duela” sino hasta que alcance. La opción por el magnetismo de Alberto Fernández para atraer lo que todavía no se tiene, parece, por lo menos, inteligente.

También es importante señalar que desde lo político, la revalorización de la pluralidad dentro del peronismo debiera partir de una absorción inteligente de las distintas (y exitosas) formas de construcción a nivel federal, como también de la inclusión de las y los cuadros políticos que fueron fundamentales en el ciclo anterior, a quienes los poderes concentrados demonizaron por sus aciertos, naturalmente. Claro, para eso se requieren transigencias, y las transigencias se llevan mal con el abuso de ideologismos y discusiones que, creo, pueden esperar. El tiempo de las candidaturas no agota el tiempo del debate político, pero hoy la inteligencia política pasa por acercar posiciones, no por radicalizar diferencias en nombre de nada ni de nadie.

Desde lo económico, donde tocará administrar la cosa pública en un contexto extremadamente delicado, somos muchos los que esperamos con ansias que los cuadros de política económica del campo nacional, de todas las extracciones, vuelvan a trabajar juntos en el nuevo modelo de contingencia primero (para arreglar el desastre), y de desarrollo, después. Sería un verdadero desatino que el próximo gobierno se prive de contar en su seno, por berrinches ideológicos o criterios mediáticos, de cuadros de probada experiencia, lealtad y calibre técnico.

Si bien este escriba no compra féretros anticipados, está claro que un posible futuro gobierno del peronismo deberá construir una agenda de representación política lo suficientemente amplia, coherente, y mayoritaria para consolidar un marco de futura gobernabilidad en tiempos que serán extremadamente delicados (a niveles no vistos por mi generación). Una agenda que no oponga torpemente demandas como, por ejemplo, seguridad vs inclusión. Se deben tener en cuenta ambas, y para eso es necesario abandonar, tanto la pose mediática bolsonarizada, como la cosmovisión del progresismo culposo a la hora de vincularse con valores como el orden, la seguridad, la movilidad social ascendente con dinámica de méritos deseables para la realización de la comunidad (trabajo, esfuerzo, dedicación) y demás cuestiones que hacen a la representación de mayorías sociales. Alejarse de los extremos.

Afortunadamente, la líder opositora con mayor caudal de votos (cuyo volumen político no se agota en una candidatura), no sólo está actuando y pensando en este eje, sino que también ha dado incipientes pero importantes mensajes en materia de geopolítica. Son mensajes necesarios, hacia adentro y hacia afuera, para una realidad económica y un entorno político global y regional muy diferente del que existía entre 2003 y 2015.

La prioridad de la unidad viene siendo posible, entre otros factores, por dos reconocimientos sanos y oportunos que se dieron hacia adentro, y que vale destacar. Por un lado, el reconocimiento de la inutilidad del anti kirchnerismo como forma de existencia política. Por otro lado, el reconocimiento (más tímido, es cierto) de que el progresismo cosmético sólo puede aglomerar una minoría intensa no tan minoritaria pero completamente insuficiente. Lo cierto es que el movimiento siempre estuvo atento a realizar la tarea, a pesar de las operaciones de toda índole, de consensuar la manera de confluir para evitar la profundización de la anomia macrista y devolverle el orden al país.

Como dice G. Fernandez, uno es demasiado peronista como para ser ideologista. Como para ser ideologista peronista. Por eso el ideologismo fué y sigue siendo el que hoy nubla los debates internos. Una gran PASO puede ser buen mecanismo de acuerdo interno. Ahora, el candidato es Alberto Fernández.

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