MARECHAL Y EL DIOS DINERO : LITERATURA Y DOCTRINA

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Es demasiado tarde para discutir caracterizaciones, pero no para intentar “afinar la brújula” de las caracterizaciones venideras. Discutir cierta lectura materialista y “economicista” de la realidad; decir que dicha lectura es renga para explicar las representaciones sociales y frívola a la hora de analizar el comportamiento electoral, ya que mutila al sujeto sólo considerando útil o explicativa su dimensión racional-económica. Decir que lo subsume en categorizaciones que no brindan una correcta comprensión del fenómeno; decir que hay ciertas lecturas que reducen la racionalidad del voto al termómetro de la economía.
 
Decir todo lo anterior, pero de forma mucho más precisa y a través de una exquisita prosa literaria es lo que hace Lepoldo Marechal en los siguientes fragmentos que hemos seleccionado de “La autopsia de Creso“, texto muy poco difundido que aparece en “Cuadernos de navegación”. Una lectura sustentada, como se evidencia en su todo su recorrido, en una sólida sustancia doctrinaria y peronista.

Sin más preámbulos, dejamos el texto* a continuación.

(*las negritas y cursivas son nuestras)

LA AUTOPSIA DE CRESO

1.-Amigo Velazco (…)necesito aclararle previamente que, bajo el nombre de Creso, me propongo describir al representante del Tercer Estado social, o al homo economicus; al “burgués”,en suma, tal como lo define cualquier diccionario de la lengua. (…) lo que define a Creso no es una desmedida posesión de la riqueza corpórea, sino una “mentalidad” sui generis que le hace apetecer y buscar dicha riqueza. En tal sentido, hay millonarios que no son Cresos y hay Cresos que no tienen un centavo. Le diré más aún: el mundo presente, obra de la tiranía secular a que lo sometió Creso, está uniformado ahora por esa “mentalidad” que le imprimió el Hombrecito Económico en tren de universalizar su reinado.(…)
3.-Pero, ¿cuál es la función de Creso en el organismo social que integra? Es una función doble: a) ”producir” la riqueza material o sustento corpóreo del organismo; b)“distribuir” equitativamente la riqueza en todos los miembros del organismo social. Yo diría que tal es la “virtud” inalienable de Creso; y sobre todo lo es en la segunda parte de su función, la que lo declara específicamente un hombre economicus, ya que la palabra Economía, en sus raíces originales, no tiene otro significado que el de “Justicia en la distribución”. Si Creso ejerce tal “virtud” con honradez, está bien sentado en la balanza; y el organismo social funciona en armonía, vale decir con salud. Desgraciadamente, Creso tiene un “vicio” que se manifiesta en oposición a su “virtud”: la sensualidad de la riqueza. Tal vicio lo inclina (o puede inclinarlo) a cierta “mística de lo material”, a convertir lo corpóreo en un dios y a usufructuar ese dios en su propio y excluyente beneficio. Para evitar ese riesgo, el Hombrecito Económico está controlado “normalmente” (vale decir en subordinación jerárquica) por dos frenos distintos: uno “interior” o espiritual y otro “exterior” o social. El freno interior es el que le opone su conciencia religiosa, le impide consumar el desequilibrio o pecado de una injusticia social en el orden económico. El freno exterior es el que le impone a Creso el “segundo estado” social, el de los Milites, cuya función no es otra que la de asegurar la defensa, el orden y la justicia en la organización humana.
4.-Y ya es tiempo, amigo Velazco, de identificar a los agonistas que obran en esta Lamentable y a la vez risible tragicomedia. Son cuatro personajes llamados a cumplir las cuatro funciones necesarias al organismo social: Tiresias, el sacerdote, pontífice del hombre (o el que le “hace puente” hacia su destino sobrenatural); Ayax el soldado, que asegura, como ya dije, la defensa, el orden y la justicia temporales en la organización; Creso, el rico, llamado a producir y distribuir la riqueza material o corpórea que necesita el organismo; y Gutiérrez el siervo, pinche o ayudante de Creso en sus operaciones económicas(…).
7.-Ya veremos cómo trató Creso al pobre Gutiérrez, no bien consolidó su reinado, ya qué se redujeron las famosas “libertades” tan cacareadas por el Hombrecito Económico. Es evidente que la gloria nada limpia de Creso triunfante es la de haber impreso “su mentalidad” a todo un mundo, en la más triste de las” nivelaciones por abajo” que haya conocido la historia. Y es también evidente que nuestro inefable Hombrecito no habría logrado ese triunfo ecuménico si “su mentalidad” no hubiera sido ya la del común de las gentes, mucho antes de la Revolución Francesa. Porque un líder o una mentalidad no triunfan en la historia si no encarnan o personifican un estado público de conciencia definido a veces con secular antelación. Pero ¿qué ingredientes conforman la “mentalidad” de Creso?
8.-Dije ya que la conforma cierta inclinación irresistible y deleitable hacia lo material o corpóreo, inherente a su misma naturaleza y al carácter de su función. Más allá de la frontera que limita su envoltura corpórea con su alma, el excelente Creso manifiesta una” racionalidad” sui generis. No es la noble Razón humana que bien ejercida y en toda su amplitud es capaz de alcanzar las verdades eternas, aunque indirectamente y en su concepto: la Razón del Hombrecito Económico es un arrabal o suburbio de la misma, una facultad “minimizada” que solo actúa en el orden práctico de la materia o en la región subliminar de la mente con lo corpóreo: la “racionalidad” de Creso no puede ir más allá del bon sens que se universalizó después como atributo de la mentalidad burguesa. Por consiguiente, y ante lo divino y sobrenatural, Creso tiene la sola vía de una Fe a oscuras bien que suficiente: si anda en ella, obra según la doctrina que le enseñaron, Creso es un” justo” y Tiresias lo bendice. Pero Tiresias no es un optimista con respecto a ese hombrecito que, por su naturaleza y función, vive in sensibus y se abandona enteramente a la ilusión de lo que se toca, se mide y se pesa; que si medita (y es raro), se pierde o en los zarzales de la “duda” o en las noches del “escepticismo”; que si le dan alas, gritará sus dudas metafísicas o sus escepticismos en insolentes negaciones o en ironías blasfematorias; que si no medita (y por fortuna es lo normal), se hace sólido en una” indiferencia” de leño; y que asiste a los ritos de su iglesia como a una obligación de carácter social, o como a una Junta Directiva en que vagamente se gestiona el para él no menos vago “negocio del alma”.
13.-Veamos ahora cuál es el talante de Creso al asumir el poder. En la era de Ayax, y a favor del clima reinante, nuestro economista se ha librado ya del freno interior o religioso que controlaba sus naturales apetitos: lo religioso, en adelante, será para él una “costumbre social”, si ya no cree; y si cree aún, tendrá la oscura vigencia de una “superstición”, en el sentido etimológico del vocablo. Simultáneamente Creso ha ido adquiriendo la soltura individualista de Ayax; y su individualismo, al desbordar en lo económico naturalmente, aumentará sus apetencias y le hará tirar por la borda el segundo aspecto de su función social, el de la justicia distributiva. Por otra parte, Creso no sólo ha recibido las “taras” ajenas, sino que también ha contagiado las suyas propias al organismo social, en una preparación de larga data que no es difícil de rastrear en la historia y que facilitó su acceso al poder. Es útil recordar, verbigracia, que el Renacimiento inicia ya la era de los banqueros internacionales (¡oh, ese lujoso Giovanni Arnolfini deLucca!, ¡oh, ese Jacobo Fucar y sus tenedores de libros!).
17.-Velazco amigo, Creso ya está en el poder: ya conocemos la mentalidad que el Hombrecito Económico ha de imponer luego a sus vasallos y a las instituciones que recibió en herencia. Y antes de continuar esta desopilante y trágica historia, bueno es decir que nuestro héroe arrojará también a la balanza una envidiosa “imitación” de las clases que le son jerárquicamente superiores, imitación que naturalmente, se traducirá en ridículas “parodias”. De igual modo él añadirá, lo que ya es terrible, la pasión de universalizar su “mística” de lo corpóreo (y deliberadamente uso aquí una versión “profanatoria” del vocablo mística). Ya preparada. la escena, veamos en primer lugar qué hizo el Creso triunfante con la función económica de su especialidad.
18.Libre de los dos frenos que controlaban su “vicio”, se dio Creso a la tarea de eludir la segunda parte de su función societaria: la de la justicia distributiva. Dije ya que su viciosa pasión lo inclinaba irresistiblemente a ello, vale decir a tomar la riqueza por un dios y a usufructuar ese dios en su propio beneficio. No crea usted que se trata de una simple figura: en las iluminaciones que recibí al frecuentar (¡oh, muy poco!) el Banco de la Nación Argentina, descubrí la no inocente artimaña. Si, el dios de Creso ya estaba encarnado para él en el oro: el oro que ritualmente lucia en los altares de Tiresias, el oro amonedado que Ayax dilapidó con insufrible desdén, el oro macizo que tintineaba en los palacios y en las tabernas. Ya en el poder, se dijo Creso: “Mi dios es el oro y un dios no puede ni debe ser visible”. Ocultó entonces el oro en inviolables cajas fuertes que serian el sanctus sanctorum de la nueva deidad. Ahora bien, un dios necesita su residencia sagrada, vale decir su Templo;.y el Hombrecito Económico erigió esas duras y feas catedrales del oro que se llaman Bancos. Naturalmente, Creso no podía usufructuar a su ídolo si lo aislaba en absoluto de la feligresía. Se dijo entonces: “Haré imágenes de mi dios y las presentaré a los fieles”. Y Creso inventó el papel moneda. Claro está que, dada su inclinación a la parodia, Creso, no podía mover su artefacto sin algún ceremonial: Tiresias practicaba una liturgia religiosa y Ayax tuvo sus ritos caballerescos; era fatal que nuestro burgués introdujera sus “ritos económicos”. Y usted ve ahora, en cualquier institución bancaria, la serie de gestos , vía crucis, firmas y sellados que hay que cumplir en los trámites de dinero, liturgia minuciosa obrada por un “cuerpo sacerdotal” cuya jerarquía se manifiesta desde los habanos de los Gerentes hasta las viseras de los fríos y biliosos Cajeros.
20.-Usted pensará, Velazco amigo, que mi Autopsia de Creso tiene más vueltas que sebo de tripa, como decimos los paisanos del sur. En realidad el Hombrecito se l,en suma, tal como lo define cualquier diccionario de la lengua. (…) lo que define a Creso no es una desmedida posesión de la riqueza corpórea, sino una “mentalidad” sui generis que le hace apetecer y buscar dicha riqueza. En tal sentido, hay millonarios que no son Cresos y hay Cresos que no tienen un centavo. Le diré más aún: el mundo presente, obra de la tiranía secular a que lo sometió Creso, está uniformado ahora por esa “mentalidad” que le imprimió el Hombrecito Económico en tren de universalizar su reinado a economía mundial, ya no daría con el sólido y visible Creso de ayer, sino con Directores de Empresas (que son técnicos y no capitalistas) o con inocentes “tenedores de acciones”(que ignoran quienes, dónde y cómo trabajan su dinero). Verdad es que aún se conservan los “centros visibles o indirectos” de la Economía; pero ignoramos en qué Himalaya, se han establecido los “centros ocultos” del oro y quienes podrían ser los Grandes Maestres responsables que los manejan. De igual modo, y también en parodia de lo esotérico, se han multiplicado las ininteligibles “doctrinas económicas” o textos iniciáticos del oro al lado de las cuales el Zend Avesta y la Kabbala parecen a traslúcidos cuentos infantiles.
21.-Todo ello, según ve, acaba en una triste alquimia de la moneda o el dinero. ¿He dicho triste? Debí calificar de “satánico” ese juego de los valores económicos. Porque la moneda sólo tiene un valor “cuantitativo”, desnudamente abstracto. y “potencial”: un valor “fiduciario” (de fíducia, confianza, seguridad, fe). ¿Qué fía, o de qué da confianza ese valor de la moneda? Ese valor garantiza “en potencia” otro valor “en acto”: un valor “esencial o cualitativo”. Por ejemplo, cincuenta dólares (escribo en la era del dólar) tienen un valor “potencial” de cincuenta dólares, que traducidos por adquisición, al “acto” se transmutan en el alimento, vestido y la casa del hombre. Reúna usted, en imaginación, todas las monedas y billetes del mundo, y tendrá una cantidad “abstracta” que significa, en potencia, la satisfacción “concreta” de todas las necesidades humanas en el orden corpóreo. Al acaparar la riqueza, el Hombrecito Económico da en una locura criminal: es una “locura” pues, más allá de sus necesidades individuales, amontona él números abstractos y estériles en sí: y es “criminal”, porque la estéril “potencia” que acapara el significa, “en acto”, el pan, el vestido y el techo del pobre que no los tiene. Así miradas las cosas yo no vacilaría en sostener que la “propiedad es un robo”.
26.-(…) Desgraciadamente, Creso vio en el maquinismo sólo una productiva y cómoda manera de “sustituir al hombre por la máquina”; y las reacciones de tipo social que provocó el hecho atañen a la Historia y no a esta operación de la Medicina que ahora estoy practicando con bastante soltura. Para concluir este párrafo, y antes de pasar a materias de un orden más sutil, diré que Creso, lanzado a una “hipertrofia” de la producción, necesitaba urgentemente aumentar el volumen de sus ventas. En sus tiempos normales, el Hombrecito Económico producía, verbigracia, las diez mil polainas que le requerían otros tantos “amateurs” de la ciudad. Pero, al fabricar un millón de polainas, Creso debía elevar a ese mismo número la cantidad de los usuarios. ¿Cómo lo hizo él? ¿Impuso tiránicamente una ley de la “polaina obligatoria”? No, amigo: Creso es un hombre de natural cautela, y su dictadura fue siempre disimulada bajo disfraces al parecer inofensivos. Lo que impuso él` a la ciudad fue una doctrina de la “polaina necesaria”, valiéndose de la “publicidad”, que ascendió gradualmente a la categoría de Musa y de Ciencia, y que hoy, merced a los novedosos objetos lanzados por la técnica industrial, “fabrica” la necesidad de los mismos, a posteriori, en una suerte de formidable invasión psicológica.
27.-Velazco amigo, perdóname usted las minucias de tan agradable disección; y sígame ahora en la tarea de averiguar cómo abordó Creso las libertades, o mejor aún, de qué modo y en qué medida se hizo “liberal”. Sabido es que la Revolución Francesa, en su proclamación de los Derechos del Hombre, reclamó las “libertades” necesarias al ejercicio de tales derechos. No hay duda que la tiranía de Ayax en su gravitación secular, exacerbó ese anhelo de las libertades expresado con tanta vehemencia lírica por los tribunos de la Revolución. Ahora bien, el hombre en su justo y eterno reclamo de las libertades, pone toda la fuerza de su compositum dual, vale decir que las reclama como “individuo” y a la vez como “persona”. Sintetizando en modo simplista la noción de semejante dualidad, yo le diría que las referencias del hombre, mirado como “individuo”, lo singularizan en su “corporeidad”, y que mirado como “persona”, lo universalizan en su “espiritualidad” trascendente. Verbigracia: el derecho a la subsistencia corporal es un atributo del “individuo”, y el derecho a las libres operaciones del alma es un reclamo de la “persona”. Bien. Pero: ¡atención! Uno y otro aspecto del hombre son difícilmente separables.(…)
28.-Enfrentado con esas invocaciones a la libertad (formulado por la misma Revolución que lo exaltó al poder), Creso adoptó una estrategia bastante política: se hizo liberal. Como el Hombrecito Económico, dada su naturaleza, nunca digirió muy bien aquello de la “persona trascendente”, resolvió conceder a sus vasallos todos los derechos de la “persona” (que al fin y al cabo no le costaban ni un céntimo) y reservar para sí mismo el derecho a la corporeidad, vale decir al acceso y posesión incontrolados de la riqueza material y de sus símbolos. Así lanzó él sus tristemente famosas doctrinas del “liberalismo económico”, la “libre empresa” y otras libertades útiles para enriquecerse a sí mismo “contra natura”, es decir contra la salud del organismo social a que pertenece; y en este último tenor de las cosas, la demencia de Creso aparece como “suicida”.
29.-Naturalmente, limitado el común de los hombres a defender su existencia corporal ante un Creso endemoniado, y en una lucha que devora lo mejor de su voluntad y de su tiempo, las cacareadas libertades de la “persona” se reducen a un simple ramillete lírico, y en alguna (entra las que hacen ruido exterior) a una mera “libertad de pataleo”. Lo malo de la cuestión es que, tras de meternos a todos en esa triste Olimpíada de los Garbanzos, el excelente Creso, a base de sugestiones e incentivaciones, intentó hacernos creer que el de la vida era un “derecho” a conquistar o ganar en su sistema económico, teoría en sí perversa y maliciosa en nuestro burgués, ya que, lanzado el hombre a la existencia por una Voluntad superior que lo trasciende, claro está que el de vivir es un “deber” y no un derecho. Y es un deber literalmente “metafísico”, puesto que la razón de su existencia es la de realizar en este mundo una serie de posibilidades físicas y metafísicas, en su doble carácter de “individuo” y de “persona” justamente. Amigo Velazco, el día en que los hombres vuelvan a entender sus vidas, no como un derecho a conquistar sino como un deber a cumplir, todas las revoluciones inspiradas en esa noción han de ser absolutamente legitimas y el orden que construyan o reconstruyan será “ortodoxo”.
34.-El estilo que usó Creso para ganarse al soldado, Ayax no fue menos tangencial ni menos conducente.(…) el Hombrecito Económico, ya en el poder, siguió admirando y “temiendo” las virtudes operativas de Ayax el soldado. Hasta que logró neutralizar sus temores. ¿Cómo? Poniendo esas virtudes al servicio de sus intereses económicos. La operación de Creso, en tal sentido, fue una obra maestra de su proverbial astucia. (…) Y le daré un ejemplo muy ilustrativo. La dedicación de sus virtudes a la Patria fue siempre la tarea de Ayax el soldado. Tradicionalmente su noción de Patria tenía un sentido bien real y muy “concreto”: Patria era sinónimo de Nación o Pueblo, con toda la suma de valores espirituales y materiales, esencialmente “humanos”, que comporta un ente nacional. Quiere decir que nuestro soldado entendía la Patria en la “primera acepción” lingüística de su nombre (y vea usted el diccionario, es muy aleccionador).Ahora bien, la primera acepción de un vocablo por ser la “original”, es la que nombra o define “la cosa” en su real esencia: las “segundas acepciones” de las palabras nacen, justamente, no bien “la cosa” es tergiversada en la noción de su verdadera entidad. Y tergiversar la noción de Patria es lo que hizo Creso para ganarse al soldado: hizo de una Patria “concreta y humana” un ente “abstracto y sin humanidad”, con el objeto de conseguir que se desvaneciera en la noción de Ajax el factor humano sobre el cual ejerce Creso su dictadura (recuerde usted que el Hombrecito Económico es un especialista en abstracciones escamoteadoras). Y el primer paso de su escamoteo consistió en sustituirla primera acepción de Patria (nación o conjunto de habitantes) por la segunda (lugar en que se ha nacido). Pronto a la cual el soldado Ayax debió aparecer como defensor de una mera “geografía” o escenario, con abstracción de los “actores” (el pueblo) y del “drama”(el devenir nacional) que se representa en él.
36.-Más astuto fue luego el segundo paso de la tramoya, que dio Creso al advertir las primeras reacciones internas que provocaba su régimen. Consistió en identificar la noción de Patria con las instituciones políticas, económicas y sociales que había creado él mismo y pro domo sua con la colaboración de sus vasallos legistas. El obnubilado Ajax, en este punto, entendió que su objetivo era también la defensa de tales instituciones, a cumplirse en un campo de batalla “interno” que hasta entonces no había conocido el soldado; lo cual implicaba la existencia de un “enemigo interior”, igualmente novedoso, que tenía que ser fatalmente un “hermano” suyo en la nacionalidad. De tal suerte, vimos como el guerrero Ayax, bajo la tiranía del Hombrecito Económico, desprestigiaba su acero y ofendía sus laureles en tristes funciones de “policía” interna que a menudo lo llevaron al fratricidio. Sin embargo, era fatal que también Creso lanzara guerras exteriores. Y lo hizo a su modo: si bajo el signo del sacerdote la guerra fue “religiosa” (piense usted en las Cruzadas) y bajo el signo del soldado la guerra fue “política”, bajo el signo de Creso la guerra fue “económica”. Y en su día vimos como el soldado Ayax, metido en una Guerra de Cresos, derramaba su sangre por defender los mercados exteriores del Hombrecito Económico.
44).– (…) Ya dije que a Creso nunca le interesó el Arte. Si, en analogía con Tiresias y Ayax, el dictador Creso hubiera tenido su arte “particular”, habría sido un “arte económico” tendiente a glorificar la excelencia de sus artículos manufacturados, o en el terreno lírico a traducir las emociones que la posesión o usufructo de tales artículos provocan en un alma sensible. Amigo Velazco, ¿se ríe usted? No lo haga: últimamente, los jingles de la radio y la televisión están poniendo la música, la poesía y el dibujo al servicio de tan conmovedores fines; y no se lanza hoy al mercado un laxante o una batidora eléctrica sin su dibujo, su letrilla y su música.
47.- (…)Y es en el campo social donde comenzó a darse la batalla contra nuestro héroe simbólicamente panzón. Las “reivindicaciones” de que se habló en aquellos días y aún se habla interesan en particular a Gutiérrez el siervo, es decir a la última clase social que, naturalmente fue la más castigada por la tiranía del “homo economicus”. Una ley de la historia en relación con el “descenso cíclico” nos permitiría calcular que, habiéndose trasladado el “poder” de Tiresias el sacerdote al guerrero Ayax, y de Ayax a Creso el rico, sólo Gutiérrez podía suceder al Hombrecito Económico en el gobierno del mundo, y ese gobierno sólo era dable por una “dictadura del proletariado”.
48.- Ahora bien, Gutiérrez, por esencia, sólo tiene una “virtud” operativa, la del trabajo manual, es una virtud “coadyuvante”, una “potencia” no creadora en si, ya que necesita un motor ajeno a ella para entrar en “acto” laborante. A Gutiérrez le falta, pues, toda riqueza material e intelectual: carece hasta de un “vicio” posible que lo haga incurrir en “pecado social” contra los otros. Es el “pobre absoluto” y el “inocente absoluto”, vale decir una imagen de la “privación” y una figura de Jesucristo, la que más reclama, en razón de su miseria, el acto providente de Dios y la justicia distributiva de los hombres. Claro está que, dada su naturaleza, Gutiérrez no podía inventar, como lo hizo Creso, una “mística social” que lo representara en su teórica dictadura. Y Carlos Marx lo hizo por él. Sabemos que Marx no era un proletario, sino un intelectual de la burguesía, no tanto por su origen cuanto por su “mentalidad”. Lejos de abrir un “amanecer”, como aún lo creen muchos, la doctrina de Marx perfeccionó y cerró la “noche de Creso”, y fue una victoria final del Hombrecito Económico, Velazco amigo, “distingamos” para entender.
49.- El marxismo es a la vez, a) una “filosofía general”; b) una “filosofía del hombre”; y c) un “método económico”. Dije ya que la viciosa tendencia de Creso lo llevó a poner el acento de la vida en lo corporal y “material”. Su enemigo aparente, Carlos Marx, no sólo aceptó ese “vicio” de Creso: lo convirtió, además, en una “filosofía”. Por un rasgo de humor (que parece diabólico) la tendencia “negativa” de Creso fue trasmutada por Marx en una desconcertante “afirmación” ideológica: si para Creso la materia fue un demonio tentador, para el marxismo y sus fieles es algo así como una divinidad simplista que ordena el mundo y explica sus contradicciones. ¡Gran Dios, que victoria obtiene Creso, en sus últimos estertores, al imponer al vencedor su propia y falsa mística! ¿No estará en ello la razón de que algunas revoluciones marxistas hayan triunfado según trascendió en su hora, con el apoyo del capitalismo “esotérico” a que ya me referí?
50.- Pero vayamos a la segunda tesis: el marxismo es también una “filosofía del hombre”, coherente, según veremos, con su filosofía general”. Porque un materialismo filosófico no puede admitir en el hombre sino su aspecto de “individuo”, relacionado, como ya dije con su “corporeidad”: su carácter de “persona” trascendente no entra, como es natural, en el credo materialista; por lo cual toda manifestación o reclamo de la “persona” sería un mero “prejuicio burgués”. Y aquí se da otro rasgo irónico del marxismo, al estimar como una herencia de Creso las manifestaciones de la “persona” humana que tanto burló y estafó el Hombrecito Económico durante su tiranía. En realidad, los dos rivales coinciden en el menoscabo de la “persona”, con la diferencia de que el marxismo lo hace por “ignorancia” y Creso por malignidad.
51.- Tal concepto del hombre reducido a su mera individualidad le resulta cómodo al marxismo, en su empeño de construir un Estado que sea el “múltiplo” funcional de los individuos “numerales” que integran una masa. Y en ese aspecto de la cuestión el marxismo no va descaminado; pues el hombre, en razón de su “politicidad”, debe integrarse y realizarse, como “individuo”, en una sociedad física y a las órdenes de un Estado que le haga cumplir los fines de bien común a que se debe. Lo que ignora el marxismo es que tal acatamiento se le puede exigir al hombre sólo “en tanto que individuo”, ya que, “como persona”, el hombre se debe a otra sociedad no física, ya se trate de una Iglesia o de una organización filosófica o de cualquier otro sistema de asociación humana por el espíritu; en vías de lo cual se le deben al hombre las necesarias “libertades” de conocimiento, elección y expresión. De tal modo el marxismo, al eludir o negar la “persona” en el hombre, construye una sociedad integrada por “medios hombres” y con la mitad inferior de cada uno.
52.- Pero el marxismo trae a la vez un “sistema económico” de justicia en la distribución. Y es lo único de la doctrina que le duele a Creso, aunque para combatir a Marx, el Hombrecito Económico suele decir hipócritamente qué lo hace en defensa de la civilización occidental y “cristiana”, de la misma que traicionó él en sus esencias, vale decir en los principios del Evangelio. Ahora bien, la doctrina marxista, desde su aparición, se ha concretado en realizaciones “mínimas” y en realizaciones “máximas”: las primeras merced a una legislación socialista o socializante, pretenden “frenar” a Creso en sus desbordes, bien que sin eliminarlo de la función económica; las realizaciones “máximas”, aplicando el dogma en todo su rigor, “suprimen” totalmente a Creso del organismo social. Unas y otras producen un “avance del Estado” sobre la organización humana o un estatismo económico al que la prensa de Creso y sus redactores anatematizan como “dictatorial”. Velazco amigo, yo, que nunca me asusté de las palabras, no veo mal ninguno en que un Estado, celoso de la justicia distributiva, ejerza, por necesidad, funciones “supletorias” de las que se negó a cumplir el Hombrecito Económico en su apostasía social. (…)

 

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