Electorado de tercios, oposición y representación

Por Bonifacio Palacios

“Cambiemos le quita bienes patrimoniales a la clase media, y los negocia por bienes simbólicos: sindicalistas presos, dirigentes kirchneristas procesados, mayor transparencia…”

Eduardo Fidanza a Joaquín Morales Solá. (Enero de 2018)

Partimos de esta idea inicial, no sólo para reiterar mucho de lo dicho aquí, sino para ir directo al punto: la de Fidanza no es una advertencia (o caracterización) sólo aplicable al macrismo. Las hiperabundantes caracterizaciones de algunos referentes opositores acerca del evidente colapso autoinfligido por el gobierno actual, con mayores o menores gradientes poéticos, no constituyen propuestas políticas, sino (también) bienes simbólicos bajo la forma de ideas que tienen por función reconfirmar posturas de los ya convencidos. Esto es, todo electorado demanda un relato ilusionante, aspiracional, organizado en un discurso que lo represente. En un electorado de tercios, como el que existe en el país según indica la foto actual, existe un tercio no representado (aún) por ninguno de los discursos que ocupan la centralidad de la agenda política.

Es por esto que seguimos machacando con la idea de que, de manera urgente para el campo opositor, sería sensato asumir la necesidad de abandonar la cosmovisión del progresismo culposo a la hora de vincularse con valores como el orden, la seguridad, la movilidad social ascendente con dinámica de méritos deseables para la realización de la comunidad (trabajo, esfuerzo, dedicación) y demás cuestiones que hacen a la representación de mayorías sociales. Tener un discurso propositivo en este sentido, que tenga en cuenta la agenda de buena parte de la sociedad (la suficiente para construir una mayoría electoral exitosa).

La moralina bien pensante nubla el raciocinio político. Establecer un punto de corte con este auto boicot implica, por un lado, abandonar un sistema de premios y castigos, un mercado de la conducta. Tal vez ése -también- sea otro buen ámbito para pensar en la palabra deconstrucción. Por otra lado, implica reconocer que el objetivo oficialista de tener una oposición controlada parece dar resultado cuando, a través de la tecnología comunicacional, se logra que el arco opositor quede reducido al rol de “mensajero de las malas noticias”, mientras el oficialismo se reserva el de construir un relato ilusionante que, aunque completamente ficticio y cínico, todavía moviliza anhelos de buena parte de la sociedad.

La hipótesis de que la crisis económica acarreará, naturalemente, un torrente de arrepentidos por “toma de conciencia” en favor de una opción opositora, debe ser abandonada de inmediato. La vacancia de discursos en determinadas agendas (que representan franjas electorales) no pueden seguir siendo dejadas a merced de outsiders de dudosa salud psiquiátrica.

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