Fuera de agenda

La sumatoria de episodios ridículos en la cumbre del g20 protagonizados por el gobierno nacional supera todas las expectativas. La industria memística tiene picos históricos, porque claro, si uno no se toma todo esto con poco para la chacota, la única salida es el suicidio por vergüenza ajena.

Mauricio Macri con su porte de insustancialidad habitual oficia de mozo en un restaurante que no le pertenece. En las mesas del restaurante la agenda es la guerra comercial entre China y EEUU, agenda de la cual, por el descalabro deliberado que se ha hecho de la base material de nuestro país, no estamos en condiciones de participar más que como subordinados alcanzadores de café. Sin embargo hay una manera en la que podemos ingresar en la mesa del “mundo”: ofreciendo patrimonio nacional por monedas (empresas por ej).

Lo más resonante hacia adentro es algo que ya no nos resulta novedad. Asistimos a otro espectáculo de ciencia ficción, con medios de comunicación que, casi a pedir de los demócratas norteamericanos, están en línea con el relato globalista, superficial y efectista, donde poco se sabe del significado del G20, pero se pasea al espectador de recoveco en recoveco por el análisis de individuos: el “look de las primeras damas” hasta “los malos modales de Trump”, desde la “buena señal de apertura al mundo” hasta el “mega operativo de seguridad que no permite circular ni por las bicisendas”, desde el despliegue de “organizaciones marxistas leninistas revolucionarias”, al despliegue de una seguridad cuasi blindada que durará lo que la estancia de los patrones.

Lo cierto es que el macrismo, como proyección de una idiosincrasia preexistente (y sobre televisada) en nuestra sociedad, está poniendo un espejo roto frente a los ojos del pueblo. En ese espejo nada argentino es merecedor de otra cosa que no sea la resignación, la vergüenza, y la lógica de auto martillarse los dedos por la fatalidad de portar esta nacionalidad. Mientras, una poderosa minoría participa de la celebración silenciosa de la ruina colectiva.

En este sentido, la responsabilidad de los y las dirigentes opositores es muy grande: o son correas de transmisión de una negatividad concienzudamente programada por el poder, de regodeo en la queja, o cumplen con su obligación, que no es otra que la de plantear un modelo distinto, con vocación de poder, transmitiendo esperanza y no dejando que el dispositivo de lobby del poder quiebre al pueblo en lo más íntimo, la voluntad de lo nacional. La vocación por lo colectivo.

Bonifacio Palacios

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