INCRUENTO

Hemos dicho aquí que es sabido que el “hay que dejarlo terminar” ya es casi un voluntarismo mal formulado. Sucede que los muchachos cambiemitas se las arreglan para que eso se esté volviendo cada vez más improbable. Porque el tiempo es tirano, y sobre todo con quien es tirano con él. Por eso el tiempo ha puesto en valor aquello de que “para saber cómo es, al rengo hay que dejarlo caminar”. Y Mauricio camina, pero ya nadie parece querer prestarle andador.

Sin embargo, el decaimiento de la imagen de Macri no debe ser el árbol que tape el bosque del análisis. Las proyecciones basadas en el nivel de insatisfacción de ciertos sectores con la actualidad, esconden que en realidad no sólo crece el rechazo a las políticas implementadas por el gobierno, sino a la política como actividad. Por fuera de todo análisis tradicional que busca cierta racionalidad, cierta “vocación de gobernabilidad” en el gobierno, la apuesta indirecta del macrismo ha sido siempre el crecimiento de la antipolítica, mandato globalista que está entre sus inconfesables objetivos culturales. Eso no es bueno para nadie, excepto para quienes tienen ganas de cubrir con represión la falta de rumbo, que se sabe cómo termina, pero no cuando.

Sin embargo, en vísperas del G20 teñido de diciembre neoliberal, la abundancia de comentarios más inocentes que racionales, más emocionales que inteligentes, del tipo “que se pudra así esto termina de una vez”, no tienen en cuenta un dato objetivo: la realidad no sólo se compone de esos demandantes observadores. Hasta ahora, el único que parece tener en cuenta esto en sus análisis, además de la ex presidenta (que también puso blanco sobre negro respecto de la vociferada idea de “sacrificio”), es Guillermo Moreno, que habla de la necesidad de evitar lo “cruento” de un inevitable final. Y no se trata de un lugar común del discurso, sino de un profundo sentido de la responsabilidad política que debe tener un referente. La responsabilidad de tener en cuenta en la observación que existen actores políticos y sociales que, además de ser sazonados con estigmas de todo tipo, y de producirse lo incruento, serán el blanco de todas las represiones, respecto de las cuales los comentadores podrán derramar tintay/o caracteres, pero jamás comprender a fondo las implicancias de tamañas consecuencias de la crisis.

Horacio Ghilini, dirigente sindical de SADOP, dijo hace unos meses en un encuentro por la unidad “nosotros estamos para cuidar la institucionalidad del país, que no es lo mismo que la gobernabilidad. Yo no puedo quedarme en la pasividad contra el que me esquilma”. Esto significa que, si bien quienes padecemos el saqueo no podemos ser dadores voluntarios de gobernabilidad quedándonos calladitos, devaludaditos, y hambreaditos mientras nos acusan de atentar contra la salud de la República, un repaso a vuelo de pájaro por nuestra historia demuestra que la oligarquía mata. Y la conducción política de las fuerzas de seguridad está en manos de una integrante de esa clase parasitaria que conduce, vertiginosamente, el país al caos. Quien lo niegue solo puede ser un ignorante o un perverso. El punto es que, como se sabe, lo inorgánico en general no termina bien en estos contextos de crisis, donde no existen ya posibilidades de turismo político en las manifestaciones.

Resumiendo, diremos que el cuidado de el/la de al lado es la forma práctica del valor de la lealtad, colectiva y comunitariamente entendido. Y esto solo puede lograrse siguiendo el fino parámetro de evitar las rebeldías individuales, atomizadas, pero también las irritantes consignas cliché de redes sociales, el famoso “animémonos y vayan” susurrado por Jauretche. Un cuidado que sólo es posible dentro de “lo orgánico” de las estructuras que existen. Los sindicatos, fundamentalmente, conocedores del paño.

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