La construcción silenciosa del “ordenador popular”

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Por Bonifacio Palacios (M. D)

«El problema fundamental de la filosofía política sigue siendo el que Spinoza supo plantear (y que Reich redescubrió): «¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación? (…) ¿Por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo para los demás, sino también para sí mismos? Nunca Reich fue mejor pensador que cuando se niega a invocar un desconocimiento o una ilusión de las masas para explicar el fascismo, y cuando pide una explicación a partir del deseo, en términos de deseo: no, las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que precisa explicación, esta perversión del deseo gregario.»

Gilles Deleuze & Félix Guattari, “El Anti-Edipo”

A riesgo de parecer ridículos, exagerados, poco decorosos o vulgares en este análisis a vuelo de pájaro sobre el futuro inmediato, lo haremos igual. El lector desprevenido puede subestimar estas líneas. Hágalo y como cualquier hijo de vecino, repose después en sus cómodas etiquetas, que lo/a/e/x sedan cual clonazepam conceptual en una realidad vertiginosa, angustiante y compleja. Pero la atolondrada maquinaria cultural hegemónica hoy le lanza a usted sus dardos envenenados por los huracanados vientos del prime time. Todas las bocas de expendio del sistema están repletas de la lógica outsider/psiquiátrica que recorre el arco ideológico desde Olmedo a Milei. Desde los sectarismos del votoblanquismo troskistas hasta la caricatura de nacionalismo de, por ejemplo, Biondini.

Hay varias notas sobre el tema en el blog (aquí, aquí, y principalmente aquí) , pero insistiremos porque repetir (y siendo breve) es un ejercicio con valor agregado en estos tiempos de emberenjenados mares de ideologismos. Los parámetros hegemónicos de hoy (materialidad, inmanencia, inmediatez, rebeldía cool, formación política fast food) , son los que vienen resquebrajando los anteriores : espiritualidad, transcendencia, permanencia. Hoy la hegemonía cultural tiene sus parámetros, que no son otros que los del liberalismo salvaje. Y sabemos que el liberalismo es el gran enemigo de la política debido a su tendencia despolitizadora. Esencialmente, en lugar de ser una teoría política, es una teoría crítica de la política. Vincula lo político con lo ético, para subordinarlo a lo económico. No podría decirse que hay política liberal en sí, sino critica liberal de lo político, que es una crítica a la limitación de la libertad individual. Entonces, como para Durkheim el hecho social revelaba su existencia cuando se intentaba “ir contra el”, la hegemonía cultural liberal muestra su potencia cuando se intenta decir algo que está por fuera de sus parámetros hiper individualizantes, materialistas y libertino, características que portan casi todos los mensajes del aparato cultural que hoy – también- gobierna el país. Con su ideología por derecha o izquierda, nos anestecia con su espejismo de la sociedad de la libertad absoluta, donde uno puede morir de hambre pero cambiar de sexo, donde uno puede ser libre de todo menos de la libertad de criticar de esa idea “libertad” hegemónica.

Hablamos de un dispositivo que construye falsos dilemas utilizando como maqueta de funcionamiento la mecánica de una pinza; se alimenta de las posiciones “duras” en cada extremo de la tenaza, y se retroalimenta fomentando la adhesión a alguno de sus extremos, que por definición, tracciona al otro y lo “imanta” a la colisión. Para no caer en tamaña trampa, y poder “trascender los extremos”, la creatividad para insertar un mensaje es tan importante como el mensaje mismo. En este sentido, en tanto no (re) surjan los anticuerpos, contraargumentos y esquemas de interpretación argentinos para los problemas argentinos que nos saquen de la consigna cliché y del progremenudeo de redes, la representación política estará tan viciada y corroida que la antipolítica evolucionará a una versión mucho peor que la actual y echará raíces en nuestro suelo de manera cuasi permanente, y ya no sólo como trending topic, sino como escarmiento “ordenador” popular a un estado de cosas demasiado licuado. No hablamos en términos de posibilidades electorales. Estamos hablando de una crisis de representación con consecuencias imprevisibles desde el punto de vista cultural.

La responsabilidad de la fauna política no es sólo la de reconstruir la base material de la Nación destruida por el macrismo sino también su base de representación,

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