ORDEN Y PROGRES(ISMO)

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Por #BonifacioPalacios (M.D*)
 

Consumada la victoria de Donald Trump en EEUU, en noviembre de 2016 Cristina Fernández de Kirchner señaló, en un acto en Florencio Varela, que  “acaba de ganar alguien en EEUU, alguien que hace bandera del proteccionismo. Qué nadie se confunda. No ganó un candidato republicano sino alguien que representa la crisis que hay en la representación política producto de la aplicación de políticas neoliberales desde el Consenso de Washington. ¿Cómo van a hablar de voto racista en EEUU cuando un afroamericano fue reelegido?…Lo que el pueblo de EEUU está buscando es a alguien que rompa con el establishment que ha generado pobreza, que causó pérdida de trabajos, casas. Que quien encarne eso tenga determinadas características personales no nos engañe. QUE EL ÁRBOL NO NOS TAPE EL BOSQUE, POR FAVOR.” Obviando la típica lucidez de la ex mandataria para el análisis de la política internacional, ¿qué sucede hoy con los vicios interpretativos del resto de nuestro ecositema político para el caso Bolsonaro?.

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Con las salvedades del caso, y como ya hemos señalado (aquí: https://zoncerasabiertasdeamericalatina.com/2018/10/08/bolsonaro-los-infalibles-y-la-unidad/), sostenemos que Bolsonaro no es Trump, solo porta todos sus defectos (xenofobia, misoginia, racismo, etc) y carece de sus pocas virtudes (nacionalismo económico, por ej). Trump representa al norteamericano blanco que quedó fuera del sistema por la desindustrialización constante de ese país. Bolsonaro es un aliado del fuerte partido militar brasilero y del capital financiero transnacional. Tampoco es Hitler y entenderlo de ese modo debilita la posibilidad de enfrentar a estos emergentes desde el modelo económico y de nación, y reduce la batalla al ámbito -sólo- de los derechos civiles. La  caracterización de Bolsonaro puede realizarse más por el lado de lo cercano: el pinochetismo (mercado salvaje, militarización y palos). A eso el PT le opuso un profesor universitario, una suerte de Daniel Filmus bendecido por el líder. Está claro que en términos de representación, la cosa no estaría funcionando.

En agosto de 2017, Iñigo Errejón, referente de Podemos España con quien se puede compartir o no, sostuvo en un Foro realizado en nuestro país con agrupaciones progresistas:

No podemos contentarnos con una especie de receta moral que nos tranquiliza (…) Hay siempre -y soy consciente de que es una tesis polémica-, una parte de verdad en el adversario, que yo quiero combatir (…) no existe algo así como la falsa conciencia. Existen proyectos, horizontes, objetivos o identidades que son capaces de fundar mayorías que giran el rumbo de los países en un sentido o en otro. Y por tanto, que hay una batalla política que no nos va a solucionar ningún empeoramiento de las condiciones. Nosotros llevamos una larga década de empeoramiento de las condiciones de vida, y una larga década de acumulación de infamias, desvergüenzas y canalladas protagonizadas por las élites que han secuestrado las instituciones de nuestro país.

 

Dicho esto, creemos que  el dato a analizar en el espejo es este: Brasil está en recesión, reforma laboral mediante (dato para entender que el modelo sindical argentino es único en el mundo) y sus mayorías  votaron “contra la corrupción”. No es el mejor de los escenarios para la Argentina, donde la cultura política marca que, en el peronismo por lo menos, nadie quiere ocupar el “lado Duhalde de la vida”, esto es, nadie quiere ser el 1ra/a, sino el tercero/a, que es quien construye la hegemonía política sobre una reacomodamiento previo.

Quizás aquí, en la tierra de lo que la cultura librezca denomina policlasismos,  podríamos empezar a ver el pueblo que tenemos en lugar del que la literaratura universitaria nos ha vendido, con todas sus tensiones, con su enorme e infinita riqueza natural y cultural. Por empalagoso que suene, eso es lo que enseña el peronismo. No otra cosa. Dejar de importar esquemas foráneos (por derecha e izquierda) y poner lo humano en el centro, que es poner lo argentino como estandarte. Humanizar; hasta la rosca política humanizar.

Diremos que todo electorado vota orden. El desorden no se vota. En este sentido, se vuelve necesario abandonar el clásico imaginario del progresismo culposo a la hora de vincularse con valores como el orden, la seguridad, la movilidad social ascendente con dinámica de méritos deseables para la realización de la comunidad (trabajo, esfuerzo, dedicación) y demás cuestiones que hacen a la representación de mayorías sociales. Porque las mayorías están no sólo para hablar de ellas en foros y centros culturales, sino para representarlas.

Empezar por ahorrarse el progremenudeo de las redes, el modismo que “garpa”, la consigna cliché, la frase comodín, el regodeo endogámico en la trinchera de lo rutinario, en el hablarle siempre a los mismos. Salir del lugar en el que el enemigo te coloca, que no es otro que el de mensajero de la crónica negra de cada día. Eso implica abandonar un sistema de premios y castigos, un mercado de la conducta, para mucha gente. Tal vez ése -también- sea otro buen ámbito para pensar en la palabra deconstrucción.

 

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