Malvinas: Ejército y Política

Por Marcos Dominguez *

Para poder reflexionar acerca de la cuestión Malvinas, se lo debe hacer partiendo de la convicción de que los relatos sobre Malvinas son también un terreno de conflicto entre ideas de nación y proyectos de país, pues todo relato o discurso colectivo se instala sobre una determinada configuración sociocultural, resultante de un proceso de disputa intrínsecamente político-ideológica. La discusión sobre el rol de las Fuerzas Armadas debe también tener en cuenta que el destino de éstas está inevitablemente entrelazado al de todas las instituciones del país, es decir, al del pueblo argentino en su conjunto.

El debate ha girado, por momentos, en la supuesta contradicción de que una dictadura carnera del imperialismo y perversa pueda haberse puesto al frente, en su tramo final, de una guerra por la soberanía sobre nuestras Islas Malvinas. De este núcleo argumental surgen dos ideas fuerza (o “zonceras fuerza”) complementarias: la de la “demagogia” dictatorial, y el repertorio estético de “los chicos de la guerra”.

Las sedimentaciones y consecuencias que el episodio de la derrota de 1982 traza en nuestras representaciones, en nuestro autoestima nacional, determina la configuración de una particular forma de identidad, lo cual contribuye a establecer límites y presiones en la dinámica de los procesos políticos. Es por lo antedicho que diremos que este hecho histórico, analizado como un episodio aislado, o entendido fragmentariamente como una sumatoria de errores y desatinos, no ofrece un campo fecundo para la reapertura de los debates pendientes. Por el contrario, desde este blog apuntaremos que la derrota en Malvinas se instala en la intersección del más brutal terrorismo de estado, seguido por dos décadas de intensificación de saqueo económico, social y cultural. Es en este contexto que toma relevancia analítica si se empieza por pensar el desarrollo y la derrota en la guerra como parte de la experiencia histórica compartida que, dado su carácter colectivo, arroja sedimentos constitutivos de los modos de imaginación política, de la institución de los campos de posibilidad y de las formas de identificación. Malvinas es, en este sentido, una de las experiencias configurativas de nuestra identidad.

Tal como apunta Alejandro Grimson, en un artículo denominado “Los fantasmas argentinos en movimiento”(2013) Malvinas produjo uno de los efectos más profundos y menos analizados de la dictadura militar. Si durante décadas fue un símbolo de homogeneización retomado por gobiernos de diversa orientación política, a partir de 1982, la cuestión Malvinas quedo, de manera preponderante, asociada al episodio bélico. En esa identificación del reclamo de Malvinas con la guerra, se perdió la distinción entre una reivindicación justa, vinculada a un sentimiento anticolonial, para licuarse bajo una línea de comprensión por medio de la cual lo nacional era militar, y lo militar, dictatorial.

Apunta Grimson, que:

“Uno de los éxitos más profundos de la dictadura fue identificar lo nacional con el autoritarismo, las Malvinas con la corrupción y la violación de derechos elementales. Esa experiencia brutal sedimento en una escisión crucial de nuestra configuración cultural y política: la separación, durante al menos dos décadas, entre el campo semántico de la democracia y el campo de la nación. Claramente, desde 1983 en adelante toda idea nacionalista era identificada como antidemocrática y con la retórica militar. Comprender esto resulta clave, porque lo nacional era considerado de extrema derecha y, por lo tanto, se encontraba obturado”

Quizás pueda rastrearse, aquí también, parte de la genealogía “sociademócrata-progresista” argentina después de las década del 80, expresión del vector democrático posible en un país arrasado por las prácticas autoritarias, y basado hoy en un fuerte recrudecimiento de la retórica individualista liberal, cosmopolita y, particularmente, antimilitarista. El carácter peyorativo de “lo nacional”, el hecho de que “lo nacional y popular” haya devenido en una suerte de contracultura en el propio suelo, es resultante de la hegemonía provisoria que los sectores de la “Patria chica”, serviles de los imperialismos, lograron a partir de la larga destrucción del Estado de Bienestar, que por su propia naturaleza, requiere de una base importante de conciencia nacional del pueblo que lo conforma, y de un ejercicio pleno de la soberanía que le corresponde. Las fuerzas armadas, no pueden entonces entenderse como escindidas de un proyecto de país que persiga estos fines, y dado esto, las raíces de su opuesto (el antimilitarismo) no pueden relacionarse solo con nobles intenciones “humanistas”, sino con sistemáticas incursiones políticas de los proyectos antinacionales a lo largo de la historia, cristalizados en una pedagogía específica.

Las peleas están para tenerlas, no para ganarlas, solía decir un referente peronista contemporáneo. Si esto es así, asumir el hecho de que posiblemente no pudiéramos ganar, y que la guerra no fuera el mejor instrumento para recuperar las islas, no justifica la desmalvinizacion y la desmilitarización de nuestros reclamos soberanos.

Ha sido Aldo Ferrer quien hablaba de “densidad nacional”, un concepto sociológico que bien puede explicar como a partir del alfonsinismo comienza la pérdida indetenible de esa densidad, y el país, ya encorsetado en las afiebradas axilas del pasado oscurantismo dictatorial, delira de una fiebre antimilitarista que se expresa en los mensajes presidenciales de Alfonsín (también de Menem), de culpógena condena a nuestro potencial nuclear.

Jaurectche se preguntaba “¿somos una Nación o somos un apéndice? Según lo que se decida sabremos cuál será el terreno operativo, y qué uso deba hacerse de la técnica. Resulta lógico que para ser un apéndice no hacen falta instituciones armadas.”
En este sentido la instalación de un antimilitarismo compulsivo y obtuso en una buena parte de nuestras propias filas (hoy sin vector político que logre contenerlas del todo), es otra gran victoria del cáncer liberal balcanizador, que ha cercado el debate sobre el modelo de nación que queremos arrinconándolo entre el progresismo escueto sensiblón, declamaciones tribuneras y superficiales, o un liso y llano coloniaje adornado con globos y eternas promesas.

La relación entre la corrosión de la autoestima nacional, la derrota en Malvinas, y el avance del neoliberalismo ha sido poco abordada por el mundo académico. Sin embargo, hay algunas preguntas que surgen del instinto: ¿Que significó esta derrota para el conjunto del pueblo argentino? ¿Cuáles son las consecuencias emocionales que quedaron instaladas en los imaginarios colectivos sobre Malvinas? ¿Cómo operaron dichas consecuencias en la corrosión del autoestima nacional?, ¿Hubiese sido posible un neoliberalismo tan extremo (el más extremo de la región) sin mediar esta corrosión?; ¿Cómo encuentra asidero la idea entreguista de que nada “propio” podía haber asociado al “patrimonio nacional”?

El patetismo vergonzante macrista respecto al ARA San Juan, su abierta entrega de la soberanía satelital, la utilización de gendarmería para la represión del propio pueblo, la destrucción de Fabricaciones Militares, la insolvencia del proyecto económico, y su abierta defensa de los genocidas forman parte de un flagelo mucho más amplio, que se corona en el desguace de la defensa nacional y la autonomía firmada por las Fuerzas Armadas constituye su acta de defunción como brazo armado de la voluntad nacional.

San Martín, Mosconi, Savio, Baldrich, y el propio Perón, no sin dificultades, tenían en claro la función anticolonialista de las Fuerzas Armadas, y la necesidad patriótica de contar con una política de defensa nacional integrada a un proyecto de nación soberana. Esto no forma parte de una melancolía museológica, sino de la necesidad de incluir este pilar imprescindible en nuestro proyecto de gobierno de cara al futuro, en el marco de una tercera guerra mundial que tiene al imperialismo al acecho de los recursos naturales de nuestro suelo.

*El autor de todos los artículos de este blog es Lic. en Sociología (UBA)

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