Aborto legal: entre la “agenda setting” y la salud pública

Por #BonifacioPalacios (M.D*)

“Como lo dijeron con el mayor vigor las militantes feministas, los problemas de la vida privada se tornan políticos, lo que excluye todo esencialismo. Así como en el siglo XIX la economía se convirtió en política, hoy ocurre lo mismo con la cultura, y los debates políticos más apasionados no se refieren a la nacionalización o privatización de empresas o bancos sino a la legalización del aborto, la fecundación asistida, los cuidados brindados a los agonizantes y hasta la presentación de la vida en televisión o las relaciones en la escuela de niños provenientes de medios culturales diferentes.”
Alan Touraine, “¿Podremos vivir juntos?: crítica de la modernidad.”

Nos guste o no el diagnóstico del sociólogo francés citado, el panorama se parece bastante a lo que describe, y aunque desde el blog no contamos con estructura para realizar sondeos de opinión, podemos asegurar que hay entre las y los politizados un debate intenso; naturalmente, también lo hay también en la fauna militante peronista, que, entre otras cosas, se pregunta si la despenalización del aborto debe interpretarse como una política imperialista de control de la población o como una política de salud pública, es decir como una reivindicación liberal individualista o como una medida que amplía los derechos de los sectores más postergados. El esfervecente marco en el que se da el debate es, por lo menos, necesario de ser explicitado.

Desde este blog venimos insistiendo en que el gran flagelo que sufre nuestra sociedad es el de la pauperización sistemática del debate público, administrado por un inmenso dispositivo de lobby mediático-oenegeista, financiado por intereses tan foráneos como corrosivos. Este dispositivo reduce las discusiones y encorseta las tensiones ideológicas en un juego infantil y caricaturizante, donde el feminismo lo constituyen únicamente las transgresiones módicas de Malena Pichót; donde el conservadurismo son las bufonezcas posiciones de Eduardo Feinmann; donde el progresismo cosmopolita se evangeliza: o bajo las obtusas conceptualizaciones de la izquierda trotskista, con eterna vocación de minoría pero sobrerepresentada mediáticamente, o en su versión de socialdemocracia moderada tipificada en el discurso rimbombante y decoroso de esos volubles sectores medios urbanos como expresión aspiracional del “ciudadano del mundo”. Por su parte, el “nacionalismo” se caricaturiza y se presenta encarnando entidades como Alejandro Biondini, que justamente existe para que nunca se entienda bien del todo qué significa el nacionalismo.

¿Qué elementos de la cultura juegan en este entramado? La formación política fast food, la holgazanería intelectual, la indiferencia con la esencia de las cosas y la radiación mediática de la novedad constante, que han convertido las categorías (las políticas sobre todo) en nominaciones tan descafeinadas, genéricas y polisémicas que “facho” es igual a “hijo de puta” o “anarquista” es equivalente a “quilombero”. Uno no guarda pretensiones snobs sobre el uso del lenguaje, pero sí considera necesario señalar que es en el marco de estos huracanados vientos del berenjenal ideológico donde el ciudadano promedio termina delirando de fiebre. El termómetro marca en las axilas de esa opinión pública afiebrada la temperatura política en la que ingresa la discusión sobre el aborto.

El vector de la pauperización recorre todas las discusiones que se instalan en la agenda. Por fuera de la cuestión sobre la despenalización del aborto, puede ejemplificarse el funcionamiento de este vector, por un lado, cuando se intenta (y se logra) presentar la película del último gobierno nacional popular bajo el prisma de la foto de “los bolsos de López”, y al feminismo como un grupo de feminazis desnudas arriba de un patrullero arrasado. Ahora bien, es claro que esta lógica no permitirá jamás a la sociedad entender la cuestión de la interrupción voluntaria del embarazo como un tema de salud pública, sino que por el contrario, se la seguirá triturando en la presentación del tema como una gerra de trincheras entre quienes se acercan a la Iglesia y quienes se alejan, entre devaludos progresistas y torpes conservadores (todos adictos al marxismo cultural de Netflix), entre “bandos” de países morales distintos que, sin embargo, confluyen sirviendo por igual a la maqueta gritológica funcional al oprobio colectivo. Esta lógica tampoco permite debatir sobre una política que facilite el régimen de adopción en el país, y de una política transversal de educación sexual, que este gobierno no ha hecho más que destruir.

Asistimos a un circo donde la única vara moral para medir la historia suele tener la lógica de quienes creen que una película comienza cuando uno se sienta a verla. Todo es medido desde el aquí y el ahora como “punto 0” de la historia. No hay carga cultural propia de cada hecho en su contexto , y si la hay, “no es justificativo” y todos deben morir en la hoguera, sofocados o en el bien pensante reglamentarismo moralino, o en un tradicionalismo vaciado de esencia y pacato.

Fue Alexander Dugin quien aportó elementos teóricos precisos para caracterizar la esencia del liberalismo contemporáneo, que reviste la argumentación de ciertos sectores. Según el filósofo y asesor de Vladimir Putin, a pesar de sus múltiples envases de presentación, el liberalismo tiene su estructura fundamental interior en los siguientes principios axiomáticos:

• Individualismo antropológico (el individuo es la medida de todas las cosas);

• Progresismo (el mundo va hacia el mejor futuro, el pasado es siempre peor que el presente)

• Eurocentrismo (las sociedades euro-americanas son aceptadas como el estándar para medir al resto de la humanidad).

• La democracia es el dominio de las minorías (que se defienden contra la mayoría que es siempre propensa a degenerar en totalitarismo, en “populismo”).

• La clase media es el único actor social existente real y la norma universal (independiente del hecho de si una persona ya ha llegado a este estado o está en camino de convertirse en parte de la clase media, representando por un momento una clase media hipotética).

• Unimundialismo, globalismo (los seres humanos son esencialmente lo mismo con una sola distinción – la individual – el mundo debe integrarse sobre la base individual, el cosmopolitismo, una ciudadanía mundial).

Esencialmente entonces, diremos que en lugar de ser una teoría política, el liberalismo es una teoría crítica de la política. No podría decirse entonces que hay política liberal en sí, sino crítica liberal de lo político, que es una crítica a la limitación de la libertad individual. Para Dugin:

“Durante el siglo XX el liberalismo venció a sus rivales, y después de 1991 se ha convertido en la única ideología dominante a escala mundial. La única libertad de elección en el reino del liberalismo global era entre el liberalismo de derecha, el liberalismo de izquierda o el liberalismo radical, incluyendo el liberalismo de extrema derecha, el liberalismo de extrema izquierda y el liberalismo ultra radical. Así que el liberalismo se instaló como el sistema operativo de las sociedades occidentales y del resto de las sociedades que se encuentren en la zona de influencia occidental. A partir de un determinado momento, es el denominador común de todo discurso políticamente correcto, la marca de los aceptados por la política dominante o de los rechazados a la marginalidad. La sabiduría convencional en sí misma devino liberal.”

Si esto es así, se debe asumir que la “agenda setting” del liberalismo continuará, pero lo hará con más fuerza mientras las y los militantes peronistas (únicos portadores de una doctrina) intenten confrontarla desde una visión negacionista que subestima la potencia de los fenómenos sociales que, anomicos o no, operan en la realidad efectiva. Nº se puede construir solidez político doctrinaria en tiempos tan dinámicos desde una visión fotográfica del peronismo, esto es: el peronismo debe dejar de ser una foto en la que, casualmente, no salimos; una foto que sólo puede ser admirada con purista melancolía, como estéril pieza de museo. El peronismo no puede ni debe mirar para otro lado, en una agenda en la que debe demostrar que, efectivamente, está en condiciones de dejar dar los debates contemporáneos.

En términos de coyuntura política, para el diario La Nación, por ej, “abrir esa discusión en esta coyuntura le puede servir a la Casa Rosada para sacar del primer plano el debate sobre la economía, la inflación o la protesta social”. Es cierto que el macrismo puede obtener algún rédito de esto, pero no tanto por tapar el sol con el dedo, sino por el peligro de división de sus opositores. Será tema de otro posteo la dificil situación que el PJ atraviesa en el debate, pues si el PJ vota a favor, el oficialismo puede vetarlo. Si el PJ vota en contra, el progresismo (trotskista y socialdemócrata) se encargará de fustigarlo. Si el PJ se divide, el macrismo no necesesitará el veto para obtener rentabilidad política.

No obstante lo anterior, que forma parte del cálculo político racional, si es que el lector espera un posicionamiento de este escriba, diré que habiendo revisado mi posición inicial, y asumiendo que las consecuencias sobre el conjunto de la población son imprevisibles -porque no se pueden proyectar los mismos efectos para clases medias urbanas que para los sectores más postergados-, estoy a favor de la despenalización del aborto. Tampoco se trata de que esta discusión signifique “correr el eje del debate” como sostiene la tribuna de doctrina, que aunque no lo diga, sabe que la hemorragia política del macrismo inciciada con la reforma previsional es indetenible. Se trata de entender el tema como una cuestión de salud pública, por fuera del discurso socarrón y soberbio de cierto progresismo biencomido, que se autopercibe moralmente bienpensante, descalifica, y embarra más de lo que acalara la senda del debate.

Que el aborto no sea crimen es un derecho. El aborto es un flagelo, y de ahí que el Estado deba ocuparse del tema en el marco de la salud pública, esto es: no fomentando una supuesta “cultura del aborto”, sino brindando el derecho a no morir a la mujer que debe practicarlo. Esa es la diferencia de apreciación política entre entender al aborto como sinónimo de libertad sobre el propio cuerpo, y sentar la base jurídica para que sea una conducta despenalizada.

Lo cierto es que hoy las mujeres con recursos pueden abortar. Las pobres se mueren,mientras se discute si son muchas o pocas. Justo en ese punto, es que para quien escribe se trata de un tema y no de otro, se trata de igualdad de oportunidades. El tema reviste una complejidad enorme, y puede dividir de manera dañina si es que no se lo discute con seriedad y respeto.

En el año 2010, durante la administración de Cristina Fernández (cuya posición sobre el aborto se conoce), el Ministerio de Salud emitió el único protocolo para el aborto no punible que haya existido en este país jamàs. Referentes de movimientos sociales, como Juan Grabois, se han mostrado contrarios a la despenalización, lo cual marca el grado de complejidad y heterogeneidad de posiciones que el asunto acarrea. Si esto es así, defenetrar a un referente por una posición que no comparte, sobre un tema complejísimo que no entra en el corsette facilista, es lamentable. Este tipo de cosas marcan el grado de infantilismo en el que se encuentra buena parte del campo nacional, contaminado de un discurso moralino y socarron que ya muestra lo autodestructivo que puede ser.

En suma , este debate debe darse en otro marco, y no sólo en el de la radiación mediática y en los escuetos vómitos algorítmicos. La soberbia, la descalificación y la falta de respeto ante posiciones no compartidas, erosionan toda esperanza de la urgente unidad del campo opositor a la administración colonial macrista. Más allá de las diferencias de cada espacio en esta discusión particular, está claro que deben prevalecer los acuerdos políticos y programáticos en el plano general. Quienes no están a favor de la despenalización, seguramente tendrán sus respetables razones, desde aquí sin embargo, apoyamos la despenalización, en tanto “donde hay una necesidad, nace un derecho”.

*El autor de todos los artículos de este blog es Lic. en Sociología (UBA)

2 respuestas a “Aborto legal: entre la “agenda setting” y la salud pública

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