El revoleo de cartas 

“Quizá el último momento más alto de diversidad ideológica que tuvimos se logró con la aprobación de la ley de recuperación de YPF. En los últimos tiempos, por el contrario, estuvimos un poco faltos de diversidad y de amplitud. En la actualidad, con el escenario en el que estamos, yo creo que la posibilidad concreta de volver a construir una opción de poder tiene que ver con volver a ser diversos. Tenemos que ser capaces de volver a construir espacios políticos para que aquellos que no piensen exactamente lo mismo que nosotros puedan ser compañeros de ruta y transitar juntos un proyecto diverso. Cuando uno es opositor tiene que pensar que no puede construir con la verdad absoluta. Tiene que pensar que su verdad es relativa: esa verdad tiene que metabolizarse con otras verdades.


(…) en los últimos tiempos esa diversidad la perdimos. Era como que aquel que era gris estaba en falta. Nosotros a los grises no le permitíamos ser blancos: los convertíamos en negros inmediatamente. Aquel que no pensara exactamente igual que nosotros, era que no tenía convicción. No éramos un espacio político que podía admitir a ese otro que no pensaba igual, ese otro inmediatamente se sentía afuera. Éramos como una iglesia.”

Agustín Rossi – Fragmentos de sus declaraciones en la Revista Zoom (2016)

Nuestro arco político, salvo raras excepciones, redunda en el laberinto binario de:  episodio ➡ comunicado/carta, y vuelta a empezar.

Ligadas a esta dinámica del revoleo de cartas,  he leído y escuchado muchas quejas por la de Aníbal, puntualmente (quizás por ser la última), señalando algo que implica un tiro por elevación a todas las otras: que “estas cosas hay que discutirlas para adentro”.

Ok, supongamos que es políticamente correcto aconsejar ese hermetismo, pero quizás el eje del problema pase porque, “para adentro”, la diversidad ideológica y el planteo de disidencias que enriquecen fue progresiva y -quizás no tan voluntariamente- reemplazada por el pedido compulsivo de “certificados de lealtad”. La lealtad real en este último tiempo se está pagando con cárcel.

El punto es que quienes  plantean esas disidencias no forman parte de lo que podría denominarse “ala del rupturismo”, sino que más bien anuncian que, de perpetuarse esta idea de que hay un sector de nuestro espacio que porta una verdad absoluta en las manos y no debe discutirla con nadie, quizás el rupturismo se nos un haga deporte que, vale decir, ya ni la izquierda juega tanto.

En definitiva, ni el macrismo es el PC chino (aunque la euforia triunfalista lo convenza de eso), ni plantear disidencias es una fatalidad en esta coyuntura. Sin embargo, es cierto que la conducta militante de “mover un poco el avispero” después de poner el cuerpo tantos años quizás merezca un adjetivo mas respetuoso que “traición”.

Las cartas no definirán absolutamente nada, aunque mañana todos empiecen a tirarse flores. En el mismo sentido, ninguna unidad meramente parlamentaria, acompañada sólo de -más o menos numerosos- grupos juveniles y entusiastas adherentes nos sacará de ese laberinto binario mencionado al inicio.

Las cartas pueden descansar. Y seguramente lo harán cuando el movimiento nacional recupere su capacidad de debate, su diversidad ideológica, y su voluntad de poder. Quizás ese “tiempo político” pase más lento. El “tiempo social” marca que la disyuntiva es otra: o se reconstruye el lazo con la pata sindical y los movimientos sociales, o seguiremos rengos para enfrentar el ajuste.

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