El peronismo y la cultura del no


En un contexto de pauperizacion general del debate público, un fantasma recorre la fauna peronista: el fantasma del análisis político en términos de buenos y malos. Dichos análisis, al operar en registros exclusivamente moralistas, tienen los mismos efectos sesgadores y autocomplacientes que los basados en desmesuradas expresiones de deseo. La nada. 

Muchos diagnosticadores ingresan sin instrumentadores quirúrgicos a revisar al herido, para diagnosticar, más tarde o más temprano, que todos los problemas se deben a “las contradicciones del peronismo”. Esta sentencia derrama sentido hacia el folclore de la lengua popular, presentando (hacia el implacable afuera) al peronismo como “bolsa de gatos”. Hasta aquí, nada nuevo en la historia. 

En lo personal, creo que existen quienes lo sienten y lo comprenden, y quienes no. Lo que se define como “contradicciones del peronismo” abarca un espectro de dilemas más amplio que sólo a ese longevo movimiento invertebrado, y es la dinámica de la sociedad misma. El peronismo intenta (con dificultades) expresar a las mayorías (debiera) de esa sociedad, para orientarla a insubordinarse contra ese destino de semi-colonia, que hoy gana en las urnas. 

Lejos de ser un Western de Clint Easttwood, la abrumadora y cruel simpleza de la política se da en el peronismo como lógica de acuerdos, transigencias, conducción de conflictos, negociaciones y demases. Esto poco tiene que ver con las películas de buenos vs malos, cuya sobredosis de consumo puede derivar en ver esos roles en todas partes, y entregarse a la pulsion de combatir al “mal” radicalizando diferencias, en tiempos que piden fomentar la construcción sobre las coincidencias, saliendo de la endogamia. 

En un marco donde la ambigüedad es deglutida por la propia grieta que denuncia (le pasó al massismo stolbizeriano), donde el manifiesto edipico de Randazzo demostró que no puede funcionar como plataforma y oferta política, y donde Unidad Ciudadana tiene muchos votos pero no puede expresar suficientemente al movimiento nacional, los partidos del no (No a Macri, No a Cristina) comienzan su diaspora a la extinción. La única manera de superar la “cultura del no”, es construir acuerdos sobre el “si”. 

En este clima, la oposición se definirá: 

A) como teatralización sumisa de perfume noventista, sumisa al poder concentrado (más concentrado que nunca). 

B) como oposición a Macri (no a Cristina). 

Con o sin peronismo “friendly”, es natural que el macrismo seguirá definiendo la política de gobierno (deudocrata-oligárquica) con ayuda de una efectiva comunicación que opera en registros posmodernos utilizando mensajes de futuro, consenso, fin del conflicto y transparencia, custodiado por un blindaje mediático inedito y un gran cobrador de penales (Claudio Bonadio), que además los patea si el delantero amarillo no se tiene fé. 

Lo problemático para el anchisimo espacio nacional, es que la endogamia en la que se empecina produce discurso de trinchera. Es cierto que hay un sector con bastante presencia meditatica en espacios no tan blindados que expresan con fervor su vocación indirecta de transformar a cfk en una líder juvenil, pero esto no necesariamente constituye una contradicción principal. 

El registro divisionista atraviesa todos los discursos del campo nacional,  los avejenta, recrea los gritos de personajes con aliento a naftalina, y retrasa el proceso de reordenamiento del campo nacional para constituirse en opción de poder. Es necesario operar en otros para que sea algo nuevo, pero decirlo es fácil. 

Lo cierto, es que por vocación histórica, el peronismo no puede reducirse a ser una identidad “no progresista”, ni el progresismo puede retraerse en un cómodo y bienpensante “no cegetismo”. Es momento de ofrecer a la sociedad un Sí. 

En la caza de traidores se pierde más tiempo que en la cola de un banco, y en la caza de “chicos de Palermo” se gasta más energía que con un aire acondicionado modelo ’83. El macrismo se alimento tanto de nuestro difundido deporte de codazos divisionsistas que lo  llegó  a presentar electoralmente como “hartazgo de la gente a lo VIEJO”;eso viejo,  no son nuestras ideas, sino el modo de comunicarnos con la sociedad, y también entre nosotros. 

La centralidad de Cristina Fernández de Kirchner no constituye un “obstáculo”, en tanto una referente del peronismo cuenta con un volumen de representación que la hace imprescindible, pero no suficiente. Los instrumentos electorales se pueden discutir, se deben discutir, porque a la espera de nuestros acuerdos, hay un cronometrado rumbo hacia al abismo en marcha, que se respalda en votos, y se lleva puesto trabajo, poder adquisitivo, garantías constitucionales, y soberanía nacional. 

Es momento de una nueva síntesis, cuya elaboración quizás consista más en escuchar, que en hablar, y en debatir más ideas que  nombres propios. 

2 comentarios en “El peronismo y la cultura del no

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